| La Memoria de la Tierra Exhumaciones de asesinados por la represión franquista |
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El 20 de noviembre de 1936, cuando fue detenido mientras trabajaba en el campo, le entregó a su cuñado Toribio Martínez unas monedas y un reloj diciéndole: "entrégale esto a mi madre porque será lo último que vea de mí". Efectivamente, esa tarde fue trasladado junto con Roque Jarauta, Hilario Chueca, Antonio Pérez, Mauricio Simón, Ricardo Rosel y Julio Orta hasta la cárcel de Tudela y, esa misma noche, todos ellos fueron fusilados en un desolado paraje de la Bardena navarra, en el término municipal de Fustiñana. Genaro tenía 31 años. Paula, la madre de Genaro, no pudo sobreponerse al fusilamiento de su hijo y murió al poco tiempo. En casa de Antonio siempre se rememoró intensamente aquel fusilamiento. Antonio siempre recuerda a su madre con la fotografía de su hermano Genaro, recordando su vida y lamentando su muerte. Antonio se crió entre los amigos más allegados de su tío, gentes de izquierdas, que hicieron que floreciese en él una fuerte conciencia política y un recuerdo nítido de las circunstancias que rodearon su fusilamiento. A los 18 años comenzó a interesarse por la ubicación de la fosa, pero a pesar de admitir no haber sentido nunca miedo por esa causa, reconoce que la situación en los años 50 era muy difícil y resultaba extremadamente comprometido interesarse públicamente por un asunto así. Nadie quería saber nada del tema, un muro de silencio rodeaba la fosa de los siete murchantinos. Antonio creció y maduró con la idea constante de encontrar la fosa común. En el año 2000 comentó su inquietud con un amigo, que le recomendó ir a Cabanillas y contactar con un par de personas que, según le dijo, tenían información acerca de la fosa. Llegó a contactar con ellos, pero sus diferencias ideológicas impidieron la continuidad de la búsqueda. Ese mismo día, al volver a casa, le dijo a Felicidad, su mujer, que había decidido ir inmediatamente a Fustiñana, donde se rumoreaba que podía estar enterrado Genaro junto con el resto de murchantinos. Al llegar, fue a ver a un amigo suyo y le preguntó directamente, por primera vez en su vida, si él sabía algo sobre los fusilados de Murchante. José, su amigo, le dijo que él no sabía nada, pero que ese mismo día tendría la información que buscaba. Ese día Antonio conoció a Santiago Íñiguez, quien le dijo que le iba a mostrar el lugar donde estaban enterrados. Antes de iniciar cualquier excavación se aseguraron, por diversos testimonios coincidentes, de que ese era el lugar exacto. Al día siguiente fueron con una excavadora y removieron la tierra donde creían que se encontraba la fosa, pero no apareció. Durante el trabajo, apareció un hombre que aseguró conocer el lugar con exactitud porque, según dijo, él los había visto enterrar mientras paseaba con su novia. Sin embargo, el fusilamiento se produjo hacia las 3 de la madrugada, lo que probablemente lo señalaba como uno de los participantes en el fusilamiento. Siguieron buscando, pero no encontraron nada, por lo que decidieron finalizar la búsqueda. Tuvieron que transcurrir cinco largos años hasta que Antonio y sus dos hijas, Natalia y Lara, comenzaran a buscar ayuda para iniciar de nuevo la localización de la fosa. Es entonces cuando contactan con Joseba Eceolaza, de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, con quien finalmente lograron involucrar a un equipo de la Sociedad Aranzadi, liderado por el forense Paco Etxeberria, quienes logran finalmente hallar la fosa a escasos centímetros de donde habían estado excavando en el año 2000. Un equipo de forenses y arqueólogos realizaron la exhumación de los restos de los fusilados el 15 y 16 de octubre de 2005. Posteriormente, tras los análisis forenses, los restos fueron entregados a sus familiares y enterrados en el cementerio de Murchante tras un emotivo homenaje en el Ayuntamiento. Desde que tuvo uso de razón, Antonio le
prometió a su madre que encontraría a su tío, algo
que ha perseguido incansablemente durante toda su vida. Su gran pena
es que ella no estuviese viva cuando se descubrió la fosa. Como
él mismo dice, "si hubiera sabido dónde estaban,
los habría desenterrado con las uñas". |
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