| La Memoria de la Tierra Exhumaciones de asesinados por la represión franquista |
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Pero hay que seguir con paciencia
infinita la grafía de los huesos. Un muerto lleva a otro. Una costumbre
vikinga aconsejaba sepultar el cuerpo boca arriba. Y la boca era lo último
en cubrir, por si el difunto tenía una última palabra. En
las fosas españolas muchos cuerpos fueron colocados boca abajo,
para que no hablasen nunca. En Gordaliza del Pino, entre dos esqueletos
humanos apareció el de un perro con orificios de bala. Los asesinos
no querían ninguna clase de testigos incómodos. En Fonsagrada,
este agosto, los once cuerpos estaban boca arriba, engarzados los unos
en los otros como un gran amuleto de la montaña. Estaban colocados
con una cierta voluntad de estilo, quizá porque los enterradores
habían sido niños campesinos, llevados a la fuerza ante
la ausencia de los adultos. Se pudo llegar a esa fosa, al lugar secreto,
gracias a un romance que la gente cantó durante setenta años
en voz baja. Bruce Chatwin contó que entre ciertos aborígenes
australianos había un tipo de caminos que sólo se podía
andar siguiendo los pasos de un cantar. Los caminos de la canción.
La copla de Fonsagrada tenía razón. La estrategia de la
memoria es sorprendente. Nunca ningún juez investigó esas
coplas. Nunca se investigó un crimen del thriller franquista. Son
un puñado de gente, de voluntarios civiles. Desde el año
2000 han exhumado setenta y cinco fosas y recuperado los cuerpos de más
de un millar de desaparecidos. Los arqueólogos voluntarios de la
Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica
excavan la impunidad oculta con un modelador de dentista, del tamaño
de una estilográfica. Esa herramienta ha trabajado más por
la justicia que todo un Estado.
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