| La Memoria de la Tierra Exhumaciones de asesinados por la represión franquista |
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Se llamaba Gerardo González Iglesias, 35 años, jornalero, casado con Otilia, mi abuela, quien quedó viuda con cuatro hijos; la mayor, mi madre, de siete .Llegó a fregar el suelo de los verdugos de su marido y muchas veces no la dejaban llevar luto porque nuestros muertos no existían. No eran nadie. Ni siquiera eran muertos. Un 5 de marzo de 1938 (terminada ya la guerra en Asturias), le fusilaron al amanecer, junto a otra docena de compañeros, en las tapias del cementerio civil de Oviedo. Su delito, como el de otros miles de españoles: luchar y defender la República, el régimen democrático que un grupo de generales golpistas quiso derrocar un 18 de julio de 1936. No sólo no lo consiguieron, sino que llevaron a este país a una guerra civil que durante tres largos años enfrentó a hermanos contra hermanos, vecinos contra vecinos y amigos contra amigos, causando heridas que aún hoy, setenta años después, están sin cicatrizar y siguen sangrando. No hay peor muerte que la de los desaparecidos, al menos, para sus familias. Mi abuela supo al menos dónde llorar y rezar sus restos. No tuvo la misma suerte su suegra, mi bisabuela Carmen que además de su hijo Gerardo, fusilado, perdió "paseados" a sus hijos Ángel de 32 y José Ramón de 26. Nnunca se supo nada de ellos. Otro de sus hijos llegó a ser falangista. Mi bisabuela Carmen murió de pena y de locura. Mi madre, como casi todos los hijos de aquellos desaparecidos, aún hoy tiene miedo. Cuarenta años de dictadura se encargaron de que no olvidase nunca quiénes habían ganado la contienda. Hoy somos los nietos de aquellas dos Españas y más los nietos de aquellos republicanos olvidados, que perdieron no sólo la guerra si no la vida, quienes intentamos que se sepa lo que pasó y que su memoria no se pierda en las cunetas del olvido. Tampoco es mucho pedir |
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